"Nací en Memul, un pequeño pueblo de Corea, que tenía alrededor de cincuenta casas, perteneciente al Distrito de Sung Dong Ri, Municipio de Hap Duk Up, Estado de Chung Nam Do. Fue el 19 de enero de 1943, bajo la Constelación de Capricornio, en la astrología occidental, y el signo del Caballo, para la metafísica oriental"
De esta manera inició, en aquella cálida tarde de jueves, para la revista KATANA, el relato de su vida el profesor Dai Won Moon, introductor del Tae Kwon Do en México, fundador y director de la organización Moo Duk Kwan
"Mi padre, el Dr.Chang Wook Moon, y mi madre, la señora In Kyung Hee, me tuvieron como hijo primogénito. Como mi tío, el Dr. Chang Ik Moon, no había tenido descendencia, por tradición familiar y con objeto de que su linaje no desapareciera, me adoptó y así mi nombre completo pasó a ser Dai Won Moon Nam, correspondiendo "Nam" al apellido de la esposa de mi tío.
La guerra. "En 1950, cuando yo tenía siete años de edad, estalló la terrible guerra de Corea, envolviendo a toda la comarca en un torbellino de sangre y fuego. Conservo vívidos recuerdos de aquella época. Por ejemplo, cuando la ciudad de Seúl, donde vivíamos, comenzó a ser bombardeada, mi papá, mi mamá, mis tíos y yo, metimos nuestra ropa, frazadas, ollas para cocinar, documentos importantes, algunos muebles y otras cosas indispensables en una carreta con grandes ruedas de madera y abandonamos el lugar para dirigirnos a la población de Hap Dong, distante 200 kilómetros. Además de empujar la carreta, todos cargábamos algo. Yo era muy pequeño, pero aún así llevaba a la espalda una mochilita conteniendo ropa. De pronto, apareció en el cielo un avión enemigo que empezó a bajar velozmente hacia nosotros. Todos brincamos a los lados del camino y nos escondimos entre los arbustos y la hierba alta. El avión abrió fuego, haciendo saltar nubes de polvo con sus balas, algunas de las cuales se incrustaron en nuestra carreta. Cuando el aereoplano se perdió en el horizonte, salimos a verificar los daños. Muy impresionado, observé que un proyectil había raspado la pintura gris de una máquina de escribir que llevábamos y se había incrustado luego en un tapete enrollado, hecho de juncos, que estaba cerca. Cuando lo extendimos, observé con sorpresa que la perforación había producido agujeros a todo lo largo del tapete.
"Caminábamos lo más aprisa que podíamos, pero las ampollas en los pies nos dificultaban la marcha. Aún así, logramos avanzar 70 kilómetros en 9 días. Periódicamente nos deteníamos a preparar comida: frijoles cocidos, papas asadas... ¡Qué sabroso me sabía todo aquello!, ¡con qué gusto lo comía! Una noche sin luna decidimos descansar un poco. Nos alejamos de la carreta y, entre los matorrales, encendimos una fogata. Ibamos a colocar una sartén para calentar tortas de harina cuando, de entre las sombras, surgieron varios hombres que echaron agua sobre el fuego y con los pies empujaron tierra sobre los rescoldos. "¿Están locos?", dijeron, " Si pasa un avión por aquí, el piloto podrá ver el resplandor desde gran altura y lanzará sus bombas. Para hacer fuego necesitan excavar la tierra, disimulando el sitio con ramas". Así era la guerra...
El Tang Soo Do. "La forma en que el Tae Kwon Do entró en mi vida fue la siguiente: cuando yo tenía catorce años, un amigo mío ejecutó frente a mí, con sus pies y manos, algunos veloces movimientos que a mí me parecieron muy raros. Cuando le pregunté qué era eso, me contestó que se trataba de un arte guerrero llamado Tang Soo Do (entonces no se le conocía como Tae Kwon Do). Sentí curiosidad y le pedí que me enseñara. Hizo más que eso; me llevó a la escuela donde aprendía y me presentó con su maestro el Sr. Chon Yong Ha, nombre que significa "Dragón de verano", discípulo a su vez de Bong Jin Young, quien fue instruido por Chang Chang Young.. En aquella época el Sr. Yong Ha era 5º Dan. Me explicó que "Tang Soo Do" significaba "Mano de la dinastía Tang", en recuerdo de que sus orígenes tuvieron lugar en China, cuando ese país era regido por los miembros de la dinastía Tang. Aquello me interesó y, para saber más, me inscribí como alumno del maestro. Su escuela no se parecía en nada a lo que hoy consideramos como tal. Era un simple espacio de tierra cuyas paredes las formaban cañas secas, como las del maíz, y el techo lo constituía una lona estirada con cuerdas que se amarraban a postes clavados en el piso. También la instrucción era muy diferente a la actual. En realidad, a los alumnos no se nos enseñaba nada de manera específica. Aprendíamos viendo ejecutar al profesor sus movimientos u observando practicar a los estudiantes avanzados. Tampoco había un calentamiento definido antes de comenzar el ejercicio. Siempre llegábamos temprano y cada quien hacía una calistenia distinta con ese propósito.
Entrenamiento duro. "Las clases eran diarias y cada una duraba dos horas. No íbamos allá para ejecutar posiciones sofisticadas o movimientos bonitos. Nada de eso. Aprendíamos a sobrevivir. Todos los días teníamos combate y se acostumbraba hacer contacto con los golpes a todo el cuerpo, incluyendo la cara. Yo era el más joven, pero teníamos compañeros de 20, 23, 24, 25 años... todos muy duros y salvajes. En la época de lluvias, el agua se filtraba entre las cañas y convertía el piso de tierra en un lodazal, pero nada nos detenía y aún así combatíamos. Si alguien resbalaba y caía, su compañero no le daba cuartel; lo seguía y el que estaba en el suelo tenía que defenderse. Aprovechaba cualquier pequeña pausa o descuido del contrario para levantarse. Limpiaba el lodo de sus ojos y la lucha continuaba...
"En invierno, ¡ah!, en invierno la situación presentaba otras características. Esa temporada del año en Corea siempre es extremadamente fría. Los campos se cubren con un manto blanco de nieve y el piso de nuestro dojang, bajo la lona, quedaba lleno de escarcha. Mas nosotros nos presentábamos a practicar como siempre, descalzos. Para defendernos de la atroz temperatura usábamos un truco procurando que el maestro no se diera cuenta. Bajo el Dobok (uniforme) nos poníamos una ropa interior gruesa a la que recortábamos las mangas y las perneras para que no se vieran ni se asomaran, porque si el maestro sorprendía a alguno usando eso, lo ponía a entrenar doble.
La disciplina. "Mi maestro era muy severo. Recuerdo que cuando yo era cinta roja y me estaba preparando para el examen de cinta negra, entrenaba dos veces al día. Entonces, en el momento en que las prácticas eran más severas, se me ocurrió faltar tres veces seguidas. Al cuarto día me presenté. El maestro me dirigió una mirada glacial y me dijo, señalando un rincón cercano a la puerta de entrada: "No te cambies, espérate allá". Así lo hice, presintiendo que me iba a dar alguna lección. Cuando la clase terminó y los alumnos se marcharon, preguntó: "¿quieres entrenar?". "Sí, profesor" respondí. "Muy bien, entonces colócate en posición de hacer lagartijas". Fui al suelo y me apoyé sobre las manos y las puntas de los pies, los brazos y el cuerpo bien estirados. El se enrolló las mangas de su camisola de entrenar y pude ver de reojo cómo tomaba un palo grueso, largo y redondo. Con él descargó un golpe sobre mi cadera, tan fuerte que salí dando maromas. Otra vez en posición de lagartijas y nuevo bastonazo. El tercero me dio en la parte trasera del muslo izquierdo. Entendí la instrucción. Aún cuando el varazo en mi pierna hizo que durante algunos días caminara cojeando, no volví a faltar a clases. ¡Así se aprendía el Tang Soo Do en Corea por aquellos años.
"En otra ocasión, luego de que había hecho mi examen para cinta negra y estaba en segundo año de preparatoria, formaba yo parte de un grupo de amigos y surgieron problemas fuertes con otro grupo. Resolvimos zanjar nuestras diferencias con un combate colectivo. No lejos de la escuela había una montaña a la que siempre acudían los que deseaban pelear. Concertamos una cita allá con el otro grupo para cierta mañana y a determinada hora. El día fijado los dos contingentes fuimos a la montaña, llegando unos de un lado y otros por el opuesto. Puede usted darse una idea de cuán en serio tomábamos esas cosas cuando le digo que nos presentamos armados como para la guerra: unos llevaban hachas; otros, cuchillos; los de más allá, cadenas. La mortal refriega estaba a punto de comenzar, cuando de repente se presentaron las autoridades de la Preparatoria, incluyendo al Director, que de algún modo lograron enterarse de nuestro plan, acompañadas de numerosos policías. Naturalmente, el encuentro ya no tuvo lugar. Ahora, al recordar el episodio, pienso: ¡Qué bueno que sucedió así!, de lo contrario, alguien podía haber muerto allá.
"Fue el caso que cuando mi maestro de Tang Soo Do supo que yo estuve involucrado en aquello, me dijo: "Trae mañana tu certificado de cinta negra y el broche que te acredita como tal". Otro de mis compañeros estaba en el mismo caso, pero a él no le dijo nada y sentí que no era justo. Al día siguiente, frente a todos mis condiscípulos formados en una línea, tomó mi documento y mi broche y los hizo pedacitos. Ni siquiera me dejó argumentar nada. Comencé a ir todos los días, antes de la clase, para solicitar su perdón. A veces lo encontraba en la calle y allá ofrecía mis disculpas. Por fin, después de un mes de andar tras de él, me perdonó. Solicité otra vez mi certificado y mi emblema y me los dio. De esa manera las cosas volvieron a la normalidad.
Estudios universitarios. "Como hijo primogénito y según las tradiciones coreanas, yo era muy importante para mi familia y por ello siempre me enviaban a las mejores escuelas que podían conseguir. Luego de finalizar la preparatoria fui a Seúl y me inscribí en la Universidad, en la carrera de Ciencias Políticas y también en el equipo de Tae Kwon Do, que era muy fuerte y de mucho renombre.
"En el segundo año me di cuenta de que las Ciencias Políticas no eran de mi completo agrado y decidí mejor estudiar arquitectura, por la que siempre había yo sentido una fuerte atracción. Mis padres me apoyaron y resolvieron enviarme a los Estados Unidos para que yo realizara mi propósito de la mejor manera. Entonces yo lo ignoraba, pero de esa forma tan casual, en apariencia, empezaba a forjarse mi destino relacionado con el Tae Kwon Do.
El ladrillo. En noviembre de 1962 llegué a los Estados Unidos, concretamente al Estado de Tejas y allá me inscribí en el "East Texas State University", en la ciudad de Commerce. En el mes de febrero de 1963 dieron inicio los cursos. El crudo invierno tejano se encontraba en su apogeo. El primer día de clases todos los alumnos, vistiendo gruesas chamarras y abrigos, nos encontrábamos en el patio de la escuela, esperando la hora para entrar a nuestros respectivos salones. En cierto momento, los del grupo en que yo estaba, comenzaron a hablar acerca del Judo. Al observar mis rasgos orientales, un joven me preguntó: "¿Sabes Judo?". "No", respondí, "pero soy cinta negra en Tae Kwon Do" (por aquel entonces empezó a conocerse con este nuevo nombre al Tang Soo Do). "¿Qué es eso?", inquirió. Al ver que no tenía ni idea, contesté: "es parecido al Karate". Enseguida otro alumno exclamó: "¡Ah!, ¿tú eres eso?". Se alejó a toda prisa y minutos después regresó trayendo un ladrillo de construcción grande, grueso y pesado, cubierto por hielo y lodo. Inmediatamente se veía que era de una solidez poco común. "¡A ver si puedes romper esto!",dijo. Evidentemente, era una de aquellas personas que relacionaban lo poco que habían oído de Karate, con el hecho de pulverizar a golpes tablas y bloques de cemento. Barruntando que me iba yo a meter en problemas respondí, aparentando indiferencia: "ese ladrillo está muy sucio", y volví la mirada a otra parte. Mi interlocutor desapareció otra vez y volvió exhibiendo una gran sonrisa y sosteniendo con las dos manos el ladrillo perfectamente limpio, recién lavado. "¡A ver, rómpelo", insistió ofreciéndomelo. Los demás alumnos se arremolinaron en derredor nuestro, los de más atrás parándose de puntillas para ver lo que sucedía. Ya no podía negarme porque, de hacerlo, los que nos veían iban a pensar que el Tae Kwon Do y, por extensión, el Karate y el Judo eran una completa falsedad. Tomé el pesado ladrillo, negro y vidriado, y me arrodillé. Se hizo un silencio completo. Ante aquel grupo, el prestigio de las artes marciales dependía de lo que yo hiciera. Coloqué un extremo del tabique sobre el suelo y el otro sobre la palma de mi mano izquierda. Levanté la derecha, me concentré y descargué un golpe con todas mis fuerzas usando el filo de la mano, pero el ladrillo ni se enteró. La presión de la responsabilidad que yo tenía en ese momento era enorme. Segunda vez: levanté mi mano y la hice caer como un relámpago. En esta ocasión dejé que el ladrillo chocara contra el suelo. Brotaron chispas anaranjadas, pero el muy malvado no se rompió, apenas si una astilla insignificante del vidriado se desprendió. ¡Tenía yo que romperlo, ya era asunto de honor! Por tercera ocasión reuní todas mis energías mentales y físicas y golpeé. Esta vez, al dar contra el suelo, el ladrillo se rompió limpiamente en dos, con un crujido. Tuve que usar esa técnica contra aquél durísimo objeto. De todas las gargantas surgió una exclamación de asombro: "¡Aaahhhh!" y luego escuché un gran aplauso. Alguien dijo: "¡No lo puedo creer!". Quienes presenciaron aquello lo relataron a los demás y pronto me volví muy popular en la escuela. Cuando caminaba por los pasillos y escaleras del plantel todos me saludaban con un apretón de manos, una sonrisa o un movimiento de la mano, aunque yo no los conociera. Un grupo de alumnos vino a preguntarme si quería enseñarles. Como yo no hablaba casi nada de inglés ni lo entendía, salvo por algunas frases de uso muy común, pudiendo únicamente leer y escribir en ese idioma, acepté en parte pensando que sería una buena oportunidad para practicar la conversación.
"Elegimos un lugar en el jardín de la escuela y allá nos dimos cita para comenzar los entrenamientos. Los muchachos llegaban vestidos con shorts, sudaderas o lo que tenían más a mano. Recuerdo que el primer día uno de ellos se me acercó y me preguntó: "¿Cuánto me va a cobrar por enseñarme?" Al oír eso me enojé mucho. "Yo voy a enseñar Tang Soo Do con todo el corazón y tú me hablas de dinero"? Era que en mi mentalidad de joven educado a la manera tradicional de la Corea de aquel tiempo, el dinero relacionado con las artes marciales era tabú. Pensaba que si los alumnos querían darme algo en forma voluntaria, estaba bien; pero no que me dijeran: "¿cuánto me vas a cobrar?" Sentí horrible, así que castigué al muchacho mandándolo a entrenar el doble de lo que hicieran los demás.
"Durante un año y medio enseñé a mis nuevos alumnos en el jardín de la escuela. Luego ellos decidieron que sería mejor buscar un lugar especial, así que rentaron un local que estaba arriba de una fotografía. El piso era de madera, pero estaba todo astillado. Para poder caminar sobre él, lo cubrimos con cartones unidos con cinta plástica adhesiva. Las condiciones eran primitivas, pero nuestro espíritu estaba muy alto y practicábamos con ardor y entrega. La fama del dojang comenzó a esparcirse y un día se presentó un grupo de alumnos avanzados de un profesor norteamericano de Karate que fue muy conocido en aquella época, Alen Steen, discípulo a su vez de Jhoon Rhee, introductor principal del Tae Kwon Do en los Estados Unidos. Me pidieron que los entrenara y yo acepté, citándome con ellos cada fin de semana.
Triunfos deportivos. "Un día recibí la invitación para participar en un torneo de Oklahoma. Fui y gané el primer lugar. Jamás había yo intervenido en una competencia deportiva porque, como ya he dicho, en la escuela de mi maestro, en Corea, combatíamos para sobrevivir, no para ganar medallas. Aún allá, cuando los alumnos de mi maestro nos enfrentábamos a equipos de otras escuelas, nos parecía que eran muy débiles; en nuestro dojang se entrenaba duro de verdad. Los tejanos eran fuertes y peleaban recio, pero yo lo encontraba natural. Fue una experiencia interesante pelear intentando seguir por primera vez reglas establecidas de esa naturaleza.
"De seguro esa victoria en Oklahoma hizo que la gente de los círculos marciales se fijara en mí, porque poco después recibí la invitación de Ed Parker, el padre del Karate Americano, como se le llama, para tomar parte en su torneo de Long Beach, California. Acepté y fui allá. Cuando comenzaron los encuentros me asombré al ver que los jueces gritaban: "¡Punto!", por cualquier cosa que hacían los competidores. Mi turno llegó y me tocó con un filipino que se creía muy listo. Se me acercaba, intentaba meter su golpe y enseguida corría lejos. Esperé a que se acercara otra vez y lo prendí con una buena patada que dio en su mandíbula. El filipino cayó como si lo hubiera alcanzado un rayo y quedó tendido cuan largo era. El árbitro iba a descalificarme, pero Ed Parker llegó a defenderme. "¡Es que así está acostumbrado a pelear!", explicó. "No lo hace con mala intención, ¡déjenlo!" Luego me dijo por lo bajo: "¡te quiero ver en la final!" En mi segundo combate ocurrió lo mismo: mi adversario terminó boca arriba, inmóvil, sobre las duelas del piso. Otra vez iba yo a ser descalificado y de nuevo Ed Parker me salvó. Llegó el momento de mi tercer encuentro y en la primera oportunidad envié a mi contrario al piso. Esta vez Ed Parker, aunque quiso ayudarme, ya no pudo hacerlo y quedé descalificado. Como él dijo, no era que yo quisiera noquear a mis contrarios, sino que era la manera en que había aprendido a pelear en el dojang de mi maestro.
La demostración "Cuando regresé a Tejas, me fue a ver un joven bastante alto y fuerte, cinta roja de Karate, de nombre Jim Garrett. Se presentó diciendo que él también era alumno de Alen Steen. Aquel muchacho, quien según pude comprobar después, era excelente persona, me dijo: "¿Qué le parece si usted y yo abrimos al público una escuela de Karate?" Le respondí: "Es que yo nunca he manejado así una escuela. Tengo alumnos, pero los enseño en calidad de amigos". Jim contestó: "Yo lo ayudo y le enseño cómo administrar el establecimiento". Aquello me interesó y estuve de acuerdo. Compré pliegos grandes de papel y cartulinas y con plumones de distintos colores hice carteles anunciando que Jim Garrett y yo íbamos a ofrecer una demostración de Karate. Aunque lo mío era Tae Kwon Do, nadie allá sabía lo que era eso y, por lo tanto, resultaba más sencillo y llamativo para el público hablar de "Karate". Pegué mis anuncios en las paredes de la Universidad y Jim colocó una buena cantidad de posters en varios puntos de la ciudad. El acontecimiento iba a tener lugar en el "Studio Union Building", un edificio donde se alojaba la estación televisora local, un restaurante, una cafetería y una librería, junto con un espacioso salón que fue el que nos facilitaron para hacer lo nuestro.
Cuando llegó la noche, a la hora convenida, las 8.00, el lugar estaba abarrotado de gente. No cabía un alfiler. Habían personas sentadas, de pie, paradas arriba de sillas, encaramadas sobre mesas. Muchos no pudieron entrar y se quedaron afuera. Durante casi dos horas Jim y yo rompimos tablas y bloques de cemento con las manos, los pies, los codos. Mostramos ataques y defensas, formas y katas ante el entusiasmado y asombrado auditorio. Al terminar fuimos ovacionados y, empapados de sudor, dijimos: "Lo que han visto, empezaremos a enseñarlo el próximo lunes a las 7 de la noche en el "Intermural Gym" del Texas Tech. Los que estén interesados en aprender, lleguen antes de esa hora para llenar sus solicitudes y registrarse". Jim Garrett me propuso que cobráramos 15 dólares al mes a cada estudiante. Yo le dije: "¡oye, eso es mucho!", porque, efectivamente, en esa época 15 dólares era bastante dinero, pero él insistió: "¡No, hombre! Así está bien, vamos a hacerlo de esa manera".
El lunes siguiente, a la hora indicada, llegamos al gimnasio. Había una multitud afuera del gimnasio esperándonos; no podíamos entrar. Tuvimos que abrirnos paso diciendo: "¡con permiso!, ¡con permiso!", y caminando de lado. El salón estaba repleto de gente y lleno con humo de cigarro. Jim me dijo: "¿Qué vamos a hacer? No es posible dar clase a tantos, ni siquiera van a poder moverse". Entonces se me ocurrió una idea. Trajimos una mesa pequeña, me puse de pie sobre ella y alzando la voz pregunté: "¿Quiénes fumaron aquí? Levanten la mano". Una gran cantidad de manos se levantaron. "Por favor, salgan. No podemos enseñar a los que fuman". Los aludidos desalojaron el sitio. Por supuesto, algunos que habían fumado fingieron no haberlo hecho, diciendo: "¡Yo no fumo, yo no fumo!", y se quedaron. Todavía no había espacio para practicar. Hablé otra vez: "¿Quién no tiene 15 dólares?". Otro buen número de manos se alzó. "Salgan, por favor". Esta vez quedó convenientemente despejada el área. Con los que permanecieron formamos una fila, dos filas, tres filas. Jim y yo nos sentamos frente a la mesita y todos pasaron a registrarse, dejando cada uno sus quince dólares. Ibamos depositando el dinero en una cubeta que encontramos por allá. Le dije a Jim: "Separa los billetes por su valor". El formó fajos con los de un dólar, los de cinco, los de diez... Al final teníamos una caja grande de cartón bien llena. Luego comenzamos la instrucción, que a todos gustó muchísimo. Cuando los alumnos se hubieron marchado, Jim y yo dividimos las ganancias. De esa manera, y en aquella noche, dio principio mi vida como profesional en la enseñanza del Tae Kwon Do.
Amigos famosos. "En cierta ocasión fui a Washington, D.C. con el objeto de participar en el "Open Karate Championship". Jhoon Rhee me invitó a hospedarme en su casa. Cuando llegué, encontré a Bruce Lee, a Chuck Norris y a Joe Lewis, quienes estaban allá también como invitados. En aquella época el primero todavía no era conocido, pero Jhoon Rhee, me dijo: "Este muchacho va a ser alguien importante. Un día tendrá mucha fama". Como ya le había hablado acerca de mí, Bruce Lee me dio su tarjeta. En el reverso tenía el precio que cobraba por sus clases: ¡500 dólares la hora! Luego me dijo: "Voy a tener un papel en una película que se va a llamar Marlowe. En una de las escenas debo entrar a la oficina de un detective, encarnado por el actor James Garner, para intimidarlo, ¿Cómo sugieres que lo haga?" "¡Destroza su oficina _ contesté _ rompe el escritorio, patea alto contra alguna lámpara que cuelgue del cielo raso. Yo lo haría así y así". Evidentemente le gustó la idea, porque cuando se exhibió la película, en ella se veía cómo Bruce Lee, con golpes de manos y pies, despedazaba el mobiliario en el despacho de héroe. En el momento cumbre salta y de una patada hace estallar en pedacitos la pantalla de una lámpara que cuelga del techo.
Coreano de Nacimiento
MEXICANO DE CORAZON 1era. PARTE
(De como Dai Won Moon Introdujo el Tae Kwon Do a México)
Por Alonso Rosado Sánchez