Coreano de Nacimiento
MEXICANO DE CORAZON 2da. PARTE
Por Alonso Rosado Sánchez
"En un momento en que estuvimos reunidos, comenzó a explicarnos a Chuck Norris, a Joe Lewis y a mí, su teoría del golpeo. El pegaba con los tres últimos nudillos de sus manos y los tenía muy fuertes. "Es más natural golpear de esa manera", decía. Yo opinaba: "Mira, nosotros pegamos con los dos primeros nudillos porque, al presentar menos área, con la misma fuerza tenemos más penetración"... y así continuó el debate.
"Recuerdo que una noche antes del campeonato, Bruce no dejaba dormir porque, como estaba lleno de energía, era muy activo y se la pasaba haciendo ejercicio. Montó en una bicicleta estacionaria y estuvo pedaleando un buen rato. Luego fue a una pared donde había fijado con clavos unas bolsas cuadradas de lona conteniendo frijoles, unas; arena, otras; maíz las de más allá y comenzó a pegarles usando su técnica: "¡pam-pam! ¡papapa-pam! ¡pam-pam!
El zeppelín. Meses después, invitado por él, lo visité en su casa de Seattle, California. Su hijo Brandon era como de cinco años y su hija Shannon un poco mayor. En uno de los cuartos, habilitado como gimnasio, tenía gran cantidad de aparatos, algunos muy extraños, inventados por él para entrenar con ellos. Luego me condujo a su garage. Allá, colgando del techo en la mitad del recinto, había un inmenso costal de cuero negro, relleno, que recordaba a un zeppelín, para practicar golpes especiales. "¡Colócate atrás y deténlo bien _ me dijo _ voy a patear fuerte". Así lo hice, separando los pies para lograr más apoyo, mientras pensaba: "esto es peligroso". Bruce se plantó frente al costal en actitud amenazadora y de repente se lanzó con la velocidad del rayo sobre él. "¡Paaaam!". Su famosa patada de lado, con la pierna derecha, explotó en mitad del costal. El tremendo impacto me envió por los aires y me estrelló contra la pared. Volví a sujetar el costal y él pateó de nuevo. Otra vez fui contra la pared, aunque ya no con tanta violencia porque estaba preparado. Le dije: "Estás fuerte. Para tu peso y estatura estás muy fuerte, pegas duro. Ahora tú detén el costal". Bruce ocupó mi puesto y se apoyó con toda la fuerza de que era capaz. Me alejé del costal y medí la distancia. Sentí que había surgido entre nosotros uno de esos "piques" amistosos que se dan a veces entre artistas marciales cuando muestran sus técnicas. Corrí hacia delante, salté y, usando los dos pies, con todo el peso del cuerpo, hice estallar mi patada sobre el blanco. "¡Poooooomm! También él salió despedido por el aire con gran fuerza y se estampó contra el muro. Tal vez mi golpe fue más duro que el suyo, porque él pateó con una pierna, mientras que yo utilicé las dos. Quedó bastante sacudido y pude observar la sorpresa en su rostro; pero no expresó ninguna opinión y comenzó a platicar de otras cosas, como si nada hubiera sucedido.
"Lo que pasaba era que él era sin duda un excelente artista marcial, pero tenía un ángulo muy especial en su personalidad que lo hacía siempre querer mostrarse por encima de todos. Eso, por supuesto, no está bien. La humildad y la sencillez deben formar parte del carácter de los buenos practicantes. En aquella ocasión, mientras conversábamos, Bruce me dijo repentinamente: "¡Muéstrame tu patada de lado, quiero verla!" Percibí que estaba interesado en observar la técnica que yo usaba, pero en vez de expresarlo francamente, le dio a su petición el tono de: "Haz tu movimiento para que yo te lo corrija". El pique seguía. "¡Está bien", respondí, "te la voy a mostrar". Tomé una revista "Life" que estaba a mano y se la entregué. "¡Sujétala!". El la tomó usando la punta de los dedos. "¡No, no!", observé, así cualquiera la tira. Agárrala de una esquina usando toda la mano". Acerqué una silla y agregué: "¡Súbete aquí para que sea más difícil y levanta la mano. "¿Así?", preguntó. "No, _ contesté _ más arriba. Estira todo el brazo". Era que en esa época yo pateaba saltando a la altura de un aro de basquetbol. Tenía yo un alumno, Thomas Roth, que casi alcanzaba esa altura y aquí en México, Manuel Jurado y cinco o seis más de mis estudiantes se acercaban también, pero ninguno llegaba, yo sí lo hacía.
"Bruce, subido en la silla, con el brazo derecho extendido arriba de su cabeza, tenía bien sujeto el "Life". Tomé distancia, corrí y salté, metiendo la cadera para aprovechar todo el peso del cuerpo y, como quería impresionar a aquel joven chino, al extender mi pierna derecha pegué con el pie, no a la revista, sino a la mano que la tenía. Aquella salió volando, con las hojas abiertas como banderas, a gran distancia de nosotros. ¡Causó un gran efecto! Cuando Bruce bajó de la silla no dijo nada y tampoco volvió a preguntarme ninguna otra cosa. En esa época yo confrontaba a cualquiera, como fuera y en cualquier sitio o circunstancia. Luego de esto, pasamos a la sala de la casa, donde Linda, su esposa, nos sirvió limonada con hielo y conversamos un rato largo. Nos hicimos buenos amigos. Tiempo después me vio pelear en un torneo y me dijo, poniendo gran vivacidad en sus palabras: "!David, I like your sytle of fighting!...¡I really like it!" ("David: ¡Me gusta tu estilo de pelea! ¡De veras me gusta!").
"Por aquella época también conocí a Chuck Norris. Nos enfrentamos en un torneo que tuvo lugar en Washington, D.C. y me ganó, pero luego volvimos a competir en Dallas, Tejas, y allá yo le gané a él.
"En un torneo que organizó Jim Harrison en San Luis, Missouri, Chuck Norris no fue. Sin embargo nos reunimos Bob Wall, quien pesaba cerca de 100 kilos y era gran amigo de Bruce Lee; Skipper Mullins, Joe Lewis y yo. Nos tocó a Joe Lewis y a mí pelear. El era muy conocido porque siempre tiraba su patada de lado. Yo era más versátil, me funcionaban todas las técnicas. En esa ocasión Joe Lewis me ganó. También combatí contra Bob Wall: le lancé una patada que penetró su guardia y le rompí dos costillas.
"Considero que de todos los competidores con los que me enfrenté, el mejor fue Mike Stone. Valiente, fuerte y hábil. Una vez, en un torneo pequeño de Huntsville, Tejas, competimos. El combate era a un punto. Giré saltando al mismo tiempo y tiré mi patada que dio en plena quijada de Stone, ¡pam!, pero como ninguno de los jueces había visto jamás esa patada, actuaron como si nada hubiera sucedido y no me concedieron el punto. Luego, cuando me incliné, Stone lanzó un golpe de mano y me alcanzó. A él sí le concedieron el punto y fue declarado vencedor. También hubo buena amistad entre nosotros. Cuando terminaban los torneos, siempre quienes habíamos competido celebrábamos yéndonos de paseo por la ciudad. Con Bill Wallace ( Super foot), conocido por su formidable pateo y flexibilidad, también hice buena amistad, aunque él fue de la generación que siguió a la mía. Hace poco fui a un torneo en Ohio, Oklahoma. Allá estaba Bill Wallace. En cuando me vio se acercó amablemente a saludarme: "¡Mr. Moon!", dijo, estrechándome la mano, y conversamos agradablemente.
"Cassius Clay (Mohammed Alí) fue y sigue siendo mi amigo. Tenía un tremendo jab que nadie podía parar. Era inteligente, talentoso y carismático. Una vez, en mi presencia, un reportero le preguntó: "Se dice que Ud. ha contribuído con grandes sumas de dinero, en forma desinteresada, para ayudar a mucha gente. Dígame, ¿Con cuánto y a quiénes ha ayudado?" Cassius Clay respondió: "Si yo se lo dijera ya no sería desinteresada esa acción", y no añadió nada más. Así era él de agudo.
Corría ya el año de 1968. Ya había terminado mis estudios de arquitectura, aunque de manera oficial no podía llamarme arquitecto porque para ello hubiera tenido que presentar el examen estatal, luego de haber estado trabajando durante un año con un arquitecto que me otorgara su firma como aval para el examen. Yo ya estaba muy involucrado con la enseñanza del Tae Kwon Do y no me quedaba tiempo para hacer eso debido a que atendía un dojang que abrí en Houston, Tejas.
México. Estaba mi vida en este punto cuando un amigo mío de nombre Jack Hwang vino a la ciudad de México, como guardaespaldas de un norteamericano importante, a presenciar las Olimpiadas. El visitó la escuela de Karate Do que el Dr. Manuel Mondragón y Kalb tenía en las calles de Hermosillo e Insurgentes. Sabiendo que Jack conocía Karate, el Dr. Manifestó su deseo de que enseñara en su escuela. Jack contestó: "Debo regresar a los Estados Unidos, pero tengo un amigo allá que es muy bueno en Tae Kwon Do y podría venir aquí a enseñar". "¿Quién es?", preguntó el Dr. "Dave Won Moon", fue la respuesta. "No lo conozco", repuso el Dr., "invítalo para que nos visite". De esa manera vine a México por primera vez. Llegué con Jack Hwang después de las Olimpiadas. Nos pusimos de acuerdo. El enseñaría técnicas básicas durante cinco días y luego yo, combate por otros cinco días. A los alumnos de la escuela del Dr. les gustó mucho lo que les dimos. En el curso de la instrucción, combatí contra los practicantes de Shotokan y Shito Ryu. Resultaba muy fácil ganarles porque eran muy novatos en eso, muy francos al atacar y yo siempre los cazaba. Me acuerdo que para ellos, las patadas altas, arriba de la cintura, eran tabú. "No hay que tirarlas más arriba de ese sitio porque se expone uno demasiado", me dijeron. "¿Cómo que no?", les contesté, "Hay que saber mandarlas a cualquier parte y altura. ¡Miren!" y saltaba yo hasta el techo pateando. A veces giraba y pateaba dirigiendo el golpe al rostro, aunque sin intención de lastimar. "¡Pam!" Ellos no podían parar aquello. Pidieron que fuera yo quien diera las clases. El Dr. Mondragón estuvo de acuerdo y yo me fui a los Estados Unidos para arreglar mis cosas, con la promesa de volver pronto. Tenía yo dos buenas razones para retornar: una era la de enseñar Tae Kwon Do; la otra, que estaba yo muy enamorado de una bella mexicana.
"Cuando llegó la Semana Santa de 1969 volví a México para observar despacio cómo eran aquí las cosas. Me gustó sobre todo la actitud de la gente, que es muy calurosa, servicial y afectuosa, de mucha entrega. En Estados Unidos las cosas son muy distintas. También allá hay excelentes personas y tuve muy buenos amigos que me ayudaron mucho, pero en general son muy frías. En México, en cambio, aunque como en todos los países del mundo, también hay bastantes "transas", la gran mayoría es muy sincera y cálida, como la gente de Corea. El temperamento de los mexicanos se parece mucho al de los coreanos. Por eso a los coreanos les gusta tanto México, como pasó conmigo.
La separación. En 1975, después de seis años de estar yo dando clases en la escuela del Dr. Mondragón, surgieron diferencias importantes de criterio entre él y yo y decidí separarme para trabajar por mi cuenta. Con algunos de mis alumnos empecé a buscar un local para instalar una escuela. Un día, caminando por la calle de Nuevo León, al llegar al número 139, ví un local abandonado que se rentaba. Me acerqué y, a través de los vidrios polvorientos, pude ver que era un sitio viejo, muy viejo y sucio, pero grande y adecuado para nuestros propósitos. Llevé a mis alumnos y les pedí su opinión. Les pareció, como a mí, que era bueno. Averigüamos que el propietario era Mario Zacarías, el productor de cine. Nos entrevistamos con él y resultó ser una razonable y buena persona. Hicimos el trato para rentar el inmueble. Como era Semana Santa, no podían encontrarse plomeros, carpinteros ni electricistas, pero por las escuelas que había yo instalado en Estados Unidos, tenía experiencia. Lo podíamos hacer nosotros mismos. Pregunté a mis alumnos: "¿Quién puede ayudarme?" Se ofrecieron muchos, entre ellos Carmen Dehesa, Moisés Traconis, Jesús Herrera, Montaño... Hasta Olivares vino para ayudar, aunque poco, porque ya tenía planeadas unas vacaciones para esos días y se fue.
"Limpiamos el local, retiramos los escenarios de cine allá almacenados. Pintamos paredes, cambiamos vidrios rotos, pulimos el piso, instalamos tuberías para el agua corriente. Cuando todo estuvo listo, mandé un telegrama a cada uno de mis alumnos. "Estoy en Nuevo León 139, esquina con Ozuluama. Si así lo quiere, puede venir a continuar estudiando Tae Kwon Do". Todos, sin falta, se presentaron.
"El Dr. Mondragón entonces contrató los servicios de Hee Il Cho, instructor coreano, pero cuando llegó a dar sus clases no encontró a ningún alumno para instruír, todos estaban conmigo. Jack Hwang, a quien ya he mencionado, vino con él y me habló por teléfono desde el hotel donde los dos se alojaban. "Venga a hablar con nosotros", me dijo. Respondí: "Ustedes ni siquiera me avisaron que venían a México, así que no puedo verlos", y colgué la bocina. Desde entonces terminó para mí la relación con Jack Hwang, porque se prestó a colaborar con aquella situación. Después de muy poco tiempo Hee Il Cho se regresó a los Estados Unidos, de donde había venido.
"Una vez, estando yo allá, Bong Soo Han, maestro coreano de Hapkido, con quien tengo amistad, me dijo: "Quiero que conozcas a Il Cho". Efectivamente, estaba a poca distancia de nosotros. Contesté: "Yo sé quién es él y él sabe quién soy yo, pero nunca hemos sido presentados. Entre los dos tuvo lugar una situación poco agradable". Así le hablé a Bong Soo Han. Il Cho nada más estuvo escuchando. Así terminó el episodio con él.
"Pasaron los años y nuestra escuela de Nuevo León se volvió famosa. Sus grandes ventanales sin cortinas dejaban ver a los alumnos practicando y ya era costumbre que muchos transeúntes, a veces en grupos, se detuvieran a presenciar lo que hacíamos.
"En cierto momento, los administradores del local que ocupábamos quisieron elevar desmesuradamente la renta y, naturalmente, necesitamos otro lugar para instalarnos. Por coincidencia, en esa misma época el sitio donde estuvo la escuela de Karate de Hermosillo e Insurgentes quedó desocupado por haberse cerrado ésta y nos trasladamos a él. Así, de manera tan singular, nuestra escuela de Tae Kwon Do, ya conocida como "Moo Duk Kwan", volvió a funcionar en el mismo punto donde, años atrás, todo había comenzado. Después estuvimos durante un tiempo en la calle de Georgia y al fin nos ubicamos aquí, en Nuevo León Nº 50, cerca del lugar donde tuvimos el primer dojang en 1969. Adaptando el jardín alistamos el área de prácticas. Aunque la escuela ya es propia, alimento el sueño de construír un edificio planeado especialmente para ser la sede del Moo Duk Kwan en México.
Campeonatos mundiales. "En 1973 mis alumnos y yo organizamos en esta ciudad el Quinto Campeonato Nacional de Tae Kwon Do en el que nuestra escuadra de Moo Duk Kwan ganó el primer lugar. Pocos días después iba a celebrarse en Seúl, Corea, el Primer Campeonato Mundial. Mi equipo y yo tomamos el avión y llegamos allá un día antes del acontecimiento. Cuando abrimos la puerta del hotel en el que nos instalaríamos, había gran fatiga en nuestros cuerpos y nos sentíamos mareados por el viaje. No hubo tiempo para descansar, porque esa noche, avisado por mí de nuestro arribo, se presentó mi maestro, Chon Yong Ha, el Dragón de Verano, con un grupo de sus alumnos, muchos de ellos amigos que aprendieron Tang Soo Do junto conmigo y otros que pertenecían a una generación posterior. Hay que hacer mención de que todos mis estudiantes venían lastimados de los combates del campeonato que acababa de tener lugar en México. Hicimos a un lado las sillas y mesas de uno de nuestros cuartos en el hotel y allá practicamos combate con mis camaradas coreanos para aprender las reglas bajo las cuales íbamos a pelear. En México siempre lo habíamos hecho compitiendo en torneos abiertos contra los contingentes de Okinawa, de Shotokan...; pero aquí únicamente habría Tae Kwon Do y las normas serían diferentes.
"Pocas horas después, cuando se hizo la declaratoria de inauguración del certamen y nos presentaron como equipo ante una enorme concurrencia, me sentí orgulloso de mis mexicanos. Allá estaban Ramiro Guzmán, Isaías Dueñas, José Luis Olivares, Galindo, Ernesto Morán..., todos aguerridos, bien entrenados, con el espíritu brillante y la voluntad de vencer por México, por Moo Duk Kwan, por ellos mismos. Se portaron como yo sabía que iban a hacerlo... y nos trajimos el tercer lugar, ganado entre los 36 países que participaron, incluyendo, por supuesto, a Corea, cuna de este arte marcial. ¡Imagínese! De no figurar México para nada en el ámbito del Tae Kwon Do mundial, de pronto su nombre estaba en boca de todos.
"En 1975 se llevó a cabo el Segundo Campeonato Mundial, otra vez en Seúl, Corea, y de nuevo ganamos el tercer lugar. Ya teníamos mucha notoriedad y los miembros de los otros equipos, durante el torneo y al ver cómo nos desempeñábamos, se preguntaban si tendrían que enfrentarse con nosotros en las finales...
"1977 fue un año muy interesante. Participamos en el Primer Campeonato Norteamericano de Tae Kwon Do y tuvimos la satisfacción de obtener para México el primer lugar.
"Ese mismo año fue el Tercer Campeonato Mundial en Chicago, Illinois, con 43 países concursando y logramos el cuarto lugar.
"El Cuarto Campeonato Mundial se hizo en Stuttgart, Alemania. Además de seleccionar y entrenar a quienes integrarían el equipo mexicano, yo, sin ayuda de nadie pagué todos los gastos del mismo: boletos de avión, comidas, hotel, taxis, renta de automóviles, uniformes. Entraron a la justa más de 70 países y adivine qué. ¡Conquistamos el segundo lugar! En esa ocasión, de ocho competidores que llevé, siete ganaron medallas.
"Allá mismo, en Stuttgart, en la Asamblea General, mi equipo y yo solicitamos para México la Sede del Quinto Campeonato Mundial. China, Taipei y Egipto también la pidieron, pero ya teníamos muchas simpatías y la votación nos favoreció. Nuestro júbilo era inmenso. ¡México, Sede del Quinto Campeonato Mundial de Tae Kwon Do!...
"De regreso en México pusimos inmediatamente manos a la obra. Conseguimos instalaciones deportivas, hoteles con descuentos substanciales para los equipos que vendrían de otros países, menús saludables en buenos restaurantes, guías turísticos que enseñaran a los visitantes las bellezas de la tierra mexicana. Un enviado arribó en avión, proveniente de Stuttgart, trayendo la bandera de la Federación Mundial de Tae Kwon Do. El delegado mexicano le dio aquí la bienvenida y recibió el estandarte...
"El licenciado Guillermo López Portillo, gran promotor del deporte en México y director del Instituto Nacional del Deporte (I.N.D.E.), percibiendo la importancia que aquello tenía para el prestigio de la nación ante el mundo, me dijo que yo le hiciera la relación de los gastos para que los sufragara la institución, pues iban a ser tan elevados que, lógicamente, yo solo no podría hacerles frente. Se la entregué. Serían seis millones quinientos mil pesos, que en aquel entonces representaban una gran suma. El licenciado López Portillo revisó las cuentas, estuvo de acuerdo y firmó de conformidad. Con mucho tino sugirió que el campeonato se llevara a cabo después del certamen mundial de ciclismo que iba a celebrarse en Baja California y luego de la Universiada. Esos dos acontecimientos centrarían la atención mundial en México, y entonces, dijo, daríamos el tercer gran golpe: el Campeonato Mundial de Tae Kwon Do. Este constituiría el broche de oro para cerrar las actividades deportivas aquel año de 1981 en México y su nombre sería repetido por la prensa de los cinco continentes.
La sorpresa. "Todo estaba listo, incluyendo al equipo mexicano, preparado para dar lo mejor de sí; mas en ese momento el licenciado Guillermo López Portillo se retiró de la jefatura del I.N.D.E. Entonces vino lo inesperado, lo increíble, lo absurdo, la sorpresa obscura: la nueva dirección del Instituto nos negó terminantemente su apoyo y lo retiró por completo... y el Quinto Campeonato Mundial de Tae Kwon Do ya no se llevó a cabo. ¿Qué fue lo que pasó?, ¿Qué razones pudieron haber para que lo ya dispuesto y que constituiría un prestigioso galardón en la fama de la patria, no se llevara a cabo? Yo no lo sé, pero el que perdió allá fue México, nuestro México. Y cuando digo "nuestro", quiero significar precisamente eso, porque en 1975, identificado con este país y con su gente, me nacionalicé mexicano. Mis cuatro hijos, dos muchachos, y dos muchachas, también son mexicanos.
"Así fueron las cosas. La vida a veces presenta cosas incomprensibles y esta fue una de ellas.
...La expansión. "Comenzamos luego a tener problemas para conseguir locales grandes en dónde realizar nuestros torneos y demostraciones. Las autoridades deportivas ya no nos los facilitaban. Dejamos de tener acceso al Gimnasio Juan de la Barrera en la ciudad de México, como otrora. Para nosotros, ya no nada. Sin embargo, supimos sacar provecho de ello, porque al cerrársenos las puertas en el Distrito Federal, llevamos el Tae Kwon Do a los Estados y llegamos a tener 240 escuelas diseminadas en toda la república. En la actualidad tenemos 220.
El nombre. Moo Duk Kwan, como se llama nuestra escuela, quiere decir "Instituto de Virtud Marcial". En su escudo se ven dos ramas de laurel, la victoria, colocadas en forma de corona, enfatizando la idea de triunfo. Su color oro significa para nosotros la eternidad, como el del metal de ese nombre, que nunca cambia. El puño derecho al centro representa la rectitud ( en muchas filosofías del mundo la izquierda o "siniestra" simboliza al mal), recordándole así al estudiante de Moo Duk Kwan que debe defender lo recto. Todo se presenta sobre un fondo azul, que es el color del cielo, de la paz y la serenidad. Finalmente, abajo, en un círculo, están los caracteres coreanos de "Mu", correspondientes a la idea de "marcialidad".
Mu Sul, Mu Ye, Mu Do. En relación con este "Mu" de la marcialidad, es importante decir que su significado se despliega en tres direcciones. Si practicamos las patadas y golpes del Tae Kwon Do sólo como técnicas físicas, pensando tal vez en que pueden servir para agredir a alguien, eso no es Tae Kwon Do, es Mu Sul.
Generalmente, luego de un tiempo de estar ejercitándonos, comprendemos que el propósito del entrenamiento no es el de atacar a alguien y empezamos a perfeccionar los movimientos de manera que salgan lo mejor posible, con estética, fuerza, efectividad, impacto; cada vez mejor, como lo hace un pintor con sus pinceles al crear un cuadro, buscando expresar en él belleza y excelencia. Eso es Mu Ye.
Finalmente, al sublimar aún más nuestros propósitos, encontramos en el entrenamiento un encanto, una satisfacción interna que no pueden explicarse con palabras y no son sino la felicidad que todos los seres humanos queremos encontrar a nuestro paso por la vida. Eso se llama Mu Do y eso sí es Tae Kwon Do. Realizar esto debe ser el objetivo de todos los practicantes en Moo Duk Kwan.
Contribución a México. "Como mexicano pongo mi grano de arena para el bienestar de la nación en la siguiente forma: considero que nuestro país necesita hijos sanos de cuerpo y mente, con actitud de triunfo; ciudadanos trabajadores, eficientes y muy responsables; dirigentes honestos y leales a su patria.
"Por ello en Moo Duk Kwan orientamos la enseñanza del Tae Kwon Do para crear mentalidades imbuídas de esos principios. Nuestros alumnos repiten constantemente: "Soy Moo Duk Kwan, soy triunfador". Asimismo afirmamos una y otra vez en nuestras clases y hacemos que los estudiantes digan: "Debes ser leal con tu país, con tu familia, con tus padres, con tus maestros, con tus amigos y, sobre todo, contigo mismo, siendo la lealtad la más heroica de todas las virtudes".
"La educación escolar, la instrucción universitaria, el conocimiento de idiomas, significan muy poco si no se posee el temple de carácter y la actitud necesaria para abrirse paso y triunfar en la vida. Debido a eso en Moo Duk Kwan damos tanta importancia a la formación de la personalidad y me parece que de esta manera contribuímos de un modo que tal vez sea significativo, al mejoramiento de las virtudes ciudadanas, porque ¿no es acaso bueno que en todas nuestras escuelas se les recuerde a los mexicanos inscritos en ellas, varios días a la semana, cuando practican Tae Kwon Do, que deben ser leales a su país y hacer su máximo esfuerzo para engrandecerlo y honrarlo, así como para volverse ellos mismos cada vez mejores en todos sentidos? Yo creo que sí, y esa es la aportaciòn de Moo Duk Kwan para México, para nuestro México".
Estas fueron las palabras de Dave Won Moon, introductor del Tae Kwon Do en nuestro país; las palabras de un hombre que nació en Corea, pero que tiene el corazón de mexicano.