El perdón es uno de los actos más nobles que el ser humano puede hacer. Perdonar no es una tarea fácil. Se necesita fortaleza y valentía. En realidad, solo los fuertes de espíritu pueden perdonar. Contrario a lo que en algunas ocasiones se nos ha hecho creer, perdonar no es un acto de debilidad, sino de fortaleza. Se requiere mucha fuerza para poder hacerlo. En apariencia, la persona que perdona lo hace para ayudar a su agresor, pero en realidad esto es solo una consecuencia del acto de perdonar. La persona que perdona se hace un gran beneficio así misma que de paso trae como consecuencia un beneficio para el agresor. Existen estudios científicos que han demostrado que las víctimas que han perdonado a sus agresores, tienen una mejoría física y psicológica mayor que aquellas que no han perdonado. La respuesta a este fenómeno probablemente descansa en el hecho de que la víctima lleva dentro de sí una carga de sentimientos negativos hacia su agresor, tales como el odio, la venganza, el despecho y hasta la impotencia. En pocas palabras, lleva a una parte del agresor dentro de si misma, haciendo que el acto de la agresión se prolongue más en el tiempo. La persona que perdona, por el contrario, elimina una carga que la libera no solamente del agresor sino de la agresión misma. Para poder perdonar se necesita mucha comprensión y entendimiento. Es necesario comprender la forma de pensar y actuar del agresor, así como las circunstancias que lo rodean. En otras palabras, se requiere ponerse en los zapatos del agresor. Comprensión no es lo mismo que justificación. La víctima que perdona no necesita creer que el agresor hizo algo justificado, basta con que la víctima comprenda al agresor y sus actos para que pueda perdonar. Perdonar no significa tampoco tolerar. La víctima que perdona puede y muchas veces debe, tomar las medidas que estén a su alcance para evitar futuras agresiones. Así, es posible perdonar si se comprende al agresor, aún y cuando no se justifiquen ni toleren sus actos.
El perdón no solamente existe de la victima hacia el agresor, sino del agresor a si mismo. El agresor que toma conciencia de su falta, también debe poder perdonarse así mismo para poder seguir creciendo, aún y cuando su víctima no lo haya perdonado. El perdón del agresor a si mismo no lo libera de su responsabilidad ni de las consecuencias de sus actos, pero si le permite reconciliarse consigo mismo.
En la mayoría de los casos, el agresor también debe pedirle perdón a Dios. La capacidad de perdón del hombre es limitada porque aunque nuestra capacidad de comprensión es grande, es por naturaleza limitada. Dios por su parte, tiene una comprensión y una capacidad de perdón ilimitada. Dios perdona a todo aquel que hace conciencia de sus faltas y le pide un perdón sincero con el ánimo de no volverlas a cometer. El agresor que pide el perdón de Dios y se perdona a si mismo de forma sincera, camina por el sendero de la reconciliación interna y divina, que le otorga paz y una mayor seguridad de no volver a cometer las mismas faltas, así como le da la fuerza para poder reparar el daño hecho a otros, eliminando el sentimiento de culpabilidad que es tan dañino.
Este mundo necesita una reconciliación que deje la ley del talión de “ojo por ojo y diente por diente” y se pase a una etapa más elevada de perdón y reconciliación. En la medida de que seamos capaces de perdonar a los demás y a nosotros mismos por las faltas que suceden entorno a nuestras vidas, en esa medida estaremos contribuyendo para hacer de este un mundo un lugar mejor para vivir.