Una tarde de sábado, hará dos años, me encontraba en los Estudios de Cine Churubusco en donde mi hijo Alonso y un grupo de practicantes
de artes marciales nos encontrábamos colaborando en la filmación de una película llamada “El Bibliotecario” (“The Librarian”). En
cierto momento, durante un descanso, mientras nos encontrábamos en el exterior de las salas de filmación, observé que el cielo estaba
cubierto por nubes negras que, no obstante ser apenas las tres de la tarde, envolvían todo en una semipenumbra. Entonces comenzó a
formarse un agujero entre las nubes. Luego, a través de él brilló el sol y lanzó sus rayos dorados que iluminaron, cómo si surgieran
de un potente reflector, una porción de los pasillos donde estábamos. Entonces comenzó a llover. Aquello era un espectáculo inusitado:
una parte del terreno y de los edificios sumidos en la casi oscuridad, la otra alumbrada por el sol y, en medio de sus destellos,
la lluvia que caía semejaba cintillos de plata que venían del cielo y se hundían en la tierra. Impresionado por esa vista, le dije
al Maestro de Lima Lama, Ausencio Feregrino, con el cual me encontraba conversando: “Mire, maestro, abramos bien los ojos y guardemos
en nuestra memoria este precioso espectáculo, porque no volverá a repetirse. Es un regalo que nos está brindando la naturaleza”.
Cuando
mencioné la palabra “regalo”, se agolparon en mi mente los recuerdos de las innumerables ocasiones en que yo había recibido obsequios
semejantes que hoy constituyen joyas preciosas que han quedado guardadas para siempre en el cofre de mis memorias: las navidades en
las que, siendo yo niño, mi madre preparaba el pastel de chocolate que todos comíamos, al terminar la cena, cerca del árbol que ella
había cuajado de adornos navideños. Más tarde, cuando fui joven, la bella sonrisa con la que mi novia Martha (que ahora es mi esposa)
me saludaba siempre que nos veíamos. Aquellas tardes en que mi hijo Alonso, entonces de diez años de edad, vestido con su pantalón
caki y su suéter rojo, uniforme de la escuela primaria donde estudiaba, me esperaba sin falta afuera de la puerta de la casa para
recibirme con un abrazo, un beso y su sonrisa limpia, que le salía del corazón, como el amigo sin par que siempre ha sido para mí;
las preguntas que mi hija Elsa Maya, siendo una niñita de 4 años, me dirigía convencida de que yo lo sabía todo: papi, ¿por qué las
estrellas se ven por la noche y no durante el día?”, papi, ¿de dónde viene el viento?”, “¿por qué a veces tiembla la tierra?”.
Recordé
también a los magníficos maestros de artes marciales que he tenido durante mi vida y a los de las escuelas en que he estudiado, que
han sido tan bondadosos en transmitirme sus conocimientos. Asimismo pensé en los excelentes alumnos y alumnas que he tenido como profesor
de artes marciales y que han pasado a ser, no sólo mis amigos y amigas, sino también mis hijos e hijas espirituales.
Reflexioné en
que, de la misma forma en que la vida me ha dado esos y muchos otros regalos, ha hecho lo mismo con cada ser humano de los millones
que poblamos este planeta; pero ocurre que a veces, preocupados y concentrados en pensar “lo que nos falta”, dejamos pasar, sin que
los apreciemos en sus justas dimensiones, esos momentos a veces brevísimos que, como estrellas fugaces surcan los cielos de nuestras
vidas y que constituyen verdaderos obsequios con que la naturaleza quiere agasajarnos.
Por eso, hermano que lees estas líneas, abre
bien los ojos para que puedas ver los maravillosos dones que cada día te son ofrecidos y extiende tus manos para recibirlos, porque
ello hará que los días que pases sobre esta tierra sean más plenos, más impregnados de conciencia y más felices.