La Sociedad del Hombre Nuevo
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El Sándalo y la Ortiga
Por Alonso Rosado Sánchez
Cuando yo tenía cinco años de edad, vivía en una casa que tenía un patio muy grande. Allá, en el fondo del mismo, existía un árbol de sándalo cuya madera, como sabe el lector, es exquisitamente perfumada. Gustaba yo de sentarme bajo su sombra porque, cuando me levantaba, mi ropa, mis cabellos y toda mi piel quedaban saturados de un delicado aroma que a mi se me antojaba celestial.
Cerca de aquel sitio había también una mata de ortiga, de flores verdosas. Cuando, durante mis juegos infantiles, llegaba a rozar con esa planta, los pelos quemantes de sus hojas se me prendían a la piel, dejándola rojiza y llena de ampollas.
Cuando crecí y pude observar las cosas que ocurren en el mundo, reflexioné en que hay personas que son como esas ortigas de mi infancia: quienes topan con ellas suelen quedar “espinados”, pues están acostumbradas a pinchar y a herir con sus acciones, sus palabras y hasta con su mirada. Son aquellos de los que suele decirse: “Mal haya la hora en que conocí a este individuo”, o, “Día aciago aquél en el que conocí a esta Mujer”.
Más, por otra parte, también hay seres humanos que se parecen al árbol de sándalo que mencioné: nadie puede tratar con ellos sin llevarse algo bueno para sus vidas, que las impregne con la fragancia de lo noble, de lo puro, de lo limpio y de lo que es sabio. Puede ser una palabra de aliento, un consejo útil, una sonrisa sincera o hasta un silencio comprensivo y bondadoso, cargado con el deseo de que las cosas le vayan mejor.
De tales seres escuchamos hablar de esta o parecida forma: “Bendito sea este hombre, mi vida cambió radicalmente para mejorar después de que lo conocí. Se orientó hacia caminos superiores desde entonces”. O, “esta mujer bendijo mi vida con su presencia. Ha constituido un ángel de luz que el Señor me concedió para iluminar mi existencia. ¿Qué hubiera sido de mí sin ella?.”
Las personas que pertenecen a esa estirpe espiritual saben mostrar algo positivo aún en el caso de que sean objeto de calumnias o ataques inmerecidos: la serenidad con que sobrellevan tales vicisitudes y la impavidez con que las arrostran.
Cierta vez hubo necesidad de quitar una rama de aquél sándalo porque creció hacia la barda que limitaba el patio y más adelante podría derribarla. Mi padre me pidió que lo acompañara y la cortó con un hacha. Luego la acercó a mi para que la oliera. El filoso instrumento había quedado impregnado con un maravilloso perfume. Entonces mi padre me dijo unas palabras que he recordado siempre y que voy a repetir para ti con el deseo de que sean tan importantes para tu vida como lo han sido para la mía.
“Hijo, forma tu carácter de tal modo que sea como este sándalo, que sabe perfumar aún al hacha que lo hiere.”
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